Las Naciones Unidas publicó un informe en el cual analiza el impacto socioeconómico del COVID- 19 en el mundo árabe, titulado “Una oportunidad para reconstruir mejor”. Según su Secretario General, Antonio Guterres, ésta debe ser una oportunidad para abordar de manera conjunta los problemas surgidos por la pandemia y las debilidades estructurales.
Conflictos armados, instituciones públicas débiles, economías no diversificadas, seguridad social insuficiente y altos niveles de desempleo y desigualdad son algunos de los problemas históricos en la región, muchos de cuales se han profundizado durante la pandemia.
Las cifras expuestas en el informe evidencian la situación crítica: una caída económica aproximada del 5%, un cuarto de la población bajo pobreza, y 17 millones de empleos perdidos (cuando 14,3 millones de personas ya estaban desempleadas). Sin obviar el impacto en las 55 millones de personas que necesitan ayuda humanitaria, entre las que hay 26 millones de refugiados y desplazados.
Finalmente, Guterres señalo cuatro líneas de acción a seguir. Primeramente, controlar el virus, respetando los altos al fuego en los conflictos y permitiendo la ayuda a los más vulnerables. En segundo lugar, atacar la desigualdad, invirtiendo en capital humano, tecnología, educación y salud, 7 lo cual permita transformar a los jóvenes desempleados en una base sólida para el crecimiento. En tercer lugar, replantear los modelos de desarrollo, diversificando las economías y haciéndolas más sustentables. Finalmente, promover los Derechos Humanos y las libertades, para fortalecer las instituciones públicas y la confianza de la población en las mismas.
Sin dudas, las medidas propuestas son ampliamente deseables. Sin embargo, surgen dudas sobre la verdadera posibilidad que sea implementadas en una región que desde hace años está envuelta en crisis y conflictos.