El pasado miércoles 20 de octubre, en el centro de Damasco, ocurrió un atentado con explosivos contra un autobús militar que dejó al menos 14 muertos. Pocas horas después de esta tragedia, el ejército sirio bombardeó un mercado de la ciudad de Ariha, en el reducto rebelde de Idlib. Estos dos eventos marcaron el fin del alto al fuego que regía en la República Árabe Siria desde marzo de 2020 debido a la pandemia.
Primeramente, al amanecer, explotaron dos bombas en un vehículo militar cuando circulaba por una zona reservada al transporte público; hecho que ocasionó 14 muertos y varios heridos. Mencionada agresión fue clasificada como un “atentado terrorista” por los medios oficiales sirios, debido a que el ataque tenía el sello de la milicia yihadista de Estado Islámico. Esta clasificación fue amparada por representantes de Irán y Rusia quienes se apresuraron a condenar el ataque y a reiterar su apoyo al gobierno de Bashar Al Assad a la hora de proceder contra los terroristas.
Posteriormente, pocas horas después, hubo fuertes disparos de artillería efectuados por las fuerzas gubernamentales en el bastión rebelde de Idlib, más específicamente en la localidad de Ariha. Los bombardeos del ejército dejaron un saldo de 13 muertos, entre ellos cuatro niños, y más de 30 heridos, según informó el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos.
Queda en evidencia con estos ataques que el alto al fuego sirio con motivo de la pandemia de COVID-19 ha terminado. Así, una amenaza por una vuelta a los enfrentamientos entre rebeldes y el gobierno, pone en jaque el discurso oficialista del retorno a la estabilidad en el territorio.
2 Igualmente, pone en duda los dichos de muchos países occidentales que buscaron postular a Siria como “un lugar seguro” para la vuelta de los miles de refugiados que se encontraban en su territorio.