Desde 2015, el gobierno yemení junto a Arabia Saudita y una coalición de países árabes-sunitas se enfrenta a los huties, un grupo norteño que tiene el apoyo – aunque más discreto- de Irán. A principios de octubre, las partes decidieron no renovar la tregua nacional y tras seis meses de relativa calma, la posibilidad de nuevos enfrentamientos volvió a ser real.
La tregua había sido débil. La gran cantidad de facciones, grupos y milicias combatientes tornaba imposible cualquier acuerdo. No obstante, estos meses fueron un alivio. Se redujeron un 60% las muertes de civiles y un 50% el número de desplazados, se habilitaron vuelos desde la capital, se permitió el ingreso de combustible y se estableció una mínima estabilidad en la economía local.
Pero todo empeoró con el fin del impasse militar. El impacto humanitario es desesperante. Alrededor de 2,2 millones de niños menores de 5 años pasan hambre, más de medio millón están severamente desnutridos y alrededor de 1,3 millones de mujeres embarazadas o lactantes sufrieron desnutrición severa este año. Gran parte de los hospitales y escuelas no funcionan o están destruidos por la guerra y muchos profesionales no cobran sueldos.
Esta situación se vio agravada por la guerra de Ucrania. Yemen es un gran importador de trigo ucraniano y sufre los cortes en la cadena de suministros. Los alimentos están un 60% más caros que el año pasado, lo que puede significar la muerte para miles de personas. Por su parte, la agencia de alimentos de la ONU ha recortado las raciones debido a las brechas críticas de financiamiento y al aumento de los precios mundiales de los alimentos.
Yemen enfrenta un futuro desesperante. Sin embargo, mientras el mundo se estremece al mirar
las consecuencias de la crisis de Ucrania, parece haber olvidado a los millones de yemeníes que cada día enfrentan la muerte.