Días atrás, el primer mandatario norteamericano expresó que su prioridad en Siria es garantizar la seguridad de los campos de petróleo con los que cuenta el país, razón por la cual, Estados Unidos reanudó la vigilancia sobre ellos. Impedir que grupos terroristas accedan a estos territorios fue la justificación que se esgrimió desde Washington.
Frente a estas declaraciones, el presidente sirio, Bashar Al-Assad, declaró “qué podría ser mejor que tener un enemigo sincero”. A su vez, calificó a Trump como el mejor presidente en la historia norteamericana debido a que expresa abiertamente sus objetivos. Del mismo modo, Rusia no tardó en manifestar su descontento. El viceministro ruso, Sergei Vershinin, calificó como inadmisibles los intentos de Estados Unidos de fortalecer su presencia militar en los campos petrolíferos y sostuvo que dichos territorios deben estar controlados por el Estado sirio.
A medida que el país se sumergía en la guerra, los grupos terroristas empezaron a hacerse del control de vastos territorios del país, incluidas la zona central y del noroeste, rica en hidrocarburos, interrumpiendo el transporte y la producción del crudo. Con el establecimiento del califato, más de la mitad de las reservas de petróleo sirios de la provincia de Deir Ezzor quedo bajo la tutela yihadista. En la medida en que el ejército sirio centró su accionar en la liberación de la parte occidental del país, las fuerzas kurdas –
6 antiguas aliadas de Estados Unidos– tomaron el control del noroeste del país, incluidos los territorios ricos en petróleo.
El hecho es que tanto el petróleo como el gas serán herramientas importantes en la reconstrucción y recuperación del país devastado por la guerra. Lo cierto es que la victoria de Al Assad es prácticamente un hecho, lo reconozca Washington o no.
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