Sin duda, la Península Arábiga es una región de contrastes. La riqueza y estabilidad de las monarquías convive a pocos kilómetros con la pobreza y la guerra que sufren millones de yemeníes. Los sucesos de esta primera mitad de agosto son una muestra esta realidad.
El 5 y 6 de este mes, delegaciones de más de 40 países se reunieron en Yeda, segunda ciudad más importante del Reino Saudí, para continuar conversaciones en torno el conflicto ruso-ucraniano. Aunque Rusia no participó formalmente del mismo, manifestó que iba a monitorear este encuentro. Por su parte, otros poderes emergentes como China, Brasil y Sudáfrica enviaron representantes. El objetivo era ampliar las negociaciones diplomáticas que comenzaron en Dinamarca e incluir actores más equidistantes en el conflicto y alejados del ‘núcleo duro’ de Occidente.
Por este motivo, Arabia Saudita se erigió como un lugar ideal para el encuentro. Aunque el Reino, aliado tradicional de Washington, apoya formalmente la condena a Rusia, también mantiene estrechos vínculos con Moscú en torno al mercado petrolero. Además de la estabilidad del mercado energético global, el príncipe heredero Mohamed Bin Salman busca darle protagonismo a su país y posicionarlo como un nuevo centro regional – y global a futuro – de poder.
Sin embargo, el escenario es muy diferente en Yemen. Allí, el conflicto y el desorden permanecen activos, registrándose al menos dos atentados en el sur contra las fuerzas separatistas sureñas. Aunque no se lo adjudicaron oficialmente, los mismo habrían sido autoría de Al Qaeda en la Península Arábiga. Contradictoriamente, poco ha sido el interés internacional frente a este conflicto que lleva más de ocho años activo.