- Sara Joudar ChmuraColaborador/a
La llegada de Fátima Ezzahra El Mansouri a la jefatura del gobierno marroquí supone un avance histórico para la representación femenina, aunque su impacto dependerá de su capacidad para impulsar reformas y responder a las demandas sociales.
El 29 de septiembre de 2026, el rey Mohamed VI le encargó formar gobierno tras las elecciones legislativas. El Mansouri, abogada de 50 años y dirigente del "Partido de la Autenticidad y Modernidad" (PAM), se convirtió así en la primera mujer en asumir este cargo en Marruecos. Su trayectoria incluye la alcaldía de Marrakech, un escaño parlamentario y el Ministerio de Ordenación del Territorio y Vivienda.
El PAM obtuvo 97 de los 395 escaños parlamentarios, por lo que necesitaba aliados para gobernar. El 12 de octubre alcanzó un acuerdo con otras tres formaciones partidarias, sumando 207 escaños y asegurando una mayoría parlamentaria.
Más allá del simbolismo, la designación plantea una cuestión fundamental: ¿hasta qué punto la llegada de una mujer a la jefatura del gobierno puede traducirse en una transformación real de la sociedad marroquí?
¿Qué perspectivas se abren para los derechos de las mujeres?
En su primera declaración tras reunirse con el monarca, El Mansouri habló de un «momento histórico» y dijo que el honor no era solo suyo, sino de todas las mujeres del país. Es una lectura colectiva de su designación: por primera vez, una mujer encabeza el Ejecutivo marroquí.
La presencia femenina en los espacios de decisión tiene un valor que va más allá de la representación. Puede ampliar las aspiraciones de las nuevas generaciones y, al mismo tiempo, cuestionar los estereotipos que asocian el liderazgo con lo masculino. En este sentido, la trayectoria de El Mansouri como alcaldesa y ministra demuestra que es posible desarrollar carreras políticas de alto nivel en un contexto donde persisten desigualdades sociales y obstáculos para la autonomía de las mujeres.
La reforma de este marco jurídico constituye uno de los principales campos de disputa entre las organizaciones feministas y los sectores conservadores, estos últimos respaldados por las instituciones religiosas. La designación de El Mansouri podría ofrecer una oportunidad para avanzar hacia la igualdad jurídica, aunque no permite anticipar por sí sola la orientación de las futuras reformas. Su trayectoria y sus declaraciones públicas deberán contrastarse con las decisiones concretas de su gobierno.
La paradoja resulta evidente, puesto que ahora Marruecos cuenta con una mujer al frente del Ejecutivo. Sin embargo, las condiciones de vida de millones de ellas siguen dependiendo de transformaciones jurídicas y económicas que exceden con mucho a quien ocupe el puesto más alto.
Una mujer al frente de Marruecos: los desafíos políticos y sociales del cambio
El nuevo Ejecutivo hereda una situación marcada por las expectativas de modernización, pero también por problemas estructurales que afectan especialmente a los jóvenes. El desempleo y las dificultades de acceso a una educación de calidad, sumados a las desigualdades territoriales, han alimentado el descontento social y una creciente desconfianza hacia las instituciones. Para El Mansouri, uno de los principales retos consistirá en demostrar que el cambio en la dirección del gobierno puede traducirse en mejoras tangibles para la población.
Las reivindicaciones de la juventud constituyen una de las cuestiones más urgentes. Las demandas de empleo y educación han ganado protagonismo en las protestas y en el debate público. Éstas ponen de manifiesto la distancia entre las aspiraciones de una generación y las oportunidades que ofrece el mercado laboral. La creación de empleo estable y la reducción de las desigualdades serán fundamentales para reconstruir la confianza ciudadana.
A estos desafíos se suma la vulnerabilidad económica provocada por las sequías recurrentes. La escasez de agua amenaza la producción agrícola y los ingresos de numerosas familias. La gestión hídrica y la adaptación al cambio climático exigirán inversiones sostenidas y políticas públicas capaces de conciliar el crecimiento económico con la protección de los recursos naturales.
El calendario económico también está condicionado por el Mundial de Fútbol de 2030, que Marruecos organizará junto con España y Portugal. Los proyectos de infraestructura y modernización urbana representan una oportunidad para atraer inversiones y estimular la actividad económica. No obstante, también plantean interrogantes sobre la distribución de los beneficios. El desarrollo no podrá considerarse plenamente exitoso si las grandes inversiones no van acompañadas de mejoras en los servicios públicos y en las condiciones de vida de la población.
En el terreno institucional, El Mansouri deberá gobernar mediante una coalición parlamentaria que reúne partidos con prioridades e intereses diversos.
El islam y el liderazgo femenino: ¿qué dice la tradición religiosa?
La llegada de El Mansouri al poder invita a examinar la relación entre el liderazgo femenino y la tradición islámica en el contexto político marroquí. Conviene, sin embargo, evitar una lectura simplista que presente el islam como un sistema homogéneo y necesariamente contrario a la participación política de las mujeres.
En Marruecos, la cuestión religiosa tiene una dimensión institucional especialmente relevante. La Constitución reconoce el islam como religión del Estado y atribuye al rey, en su condición de Amir al-Mu’minin («comandante de los creyentes»), una autoridad específica en materia religiosa. La monarquía desempeña así un papel central en la definición de la identidad religiosa nacional y en la legitimación del orden político.
En este contexto, que una mujer acceda a la jefatura del gobierno no implica necesariamente una ruptura con la tradición religiosa. El cargo de primera ministra es una función política y administrativa, distinta de la autoridad espiritual que corresponde al monarca. Esta distinción permite comprender que una mujer pueda ocupar la máxima responsabilidad ejecutiva sin que ello altere de forma automática la estructura de la autoridad religiosa del país.
Las interpretaciones islámicas sobre el liderazgo femenino tampoco son unánimes. Algunos sectores conservadores defienden concepciones tradicionales de la autoridad y de los roles de género, mientras que otros estudiosos y movimientos reformistas sostienen que los principios islámicos son compatibles con la plena participación de las mujeres en la vida pública. Desde esta última perspectiva, la igualdad política no supone renunciar a la identidad religiosa, sino reinterpretar la tradición a la luz de los cambios sociales.
Por ello, la pregunta pertinente no es solo si una mujer puede gobernar en un país de mayoría musulmana, sino qué políticas podrá impulsar y cómo se relacionará su Ejecutivo con las distintas sensibilidades religiosas y sociales existentes.
Su designación constituye un precedente significativo, pero no permite concluir que el debate sobre la igualdad esté superado. La cuestión seguirá abierta mientras persista la distancia entre el reconocimiento formal de los derechos y su aplicación efectiva. En particular, la reforma de la legislación familiar y la autonomía económica de las mujeres serán indicadores más precisos del alcance del cambio que el carácter excepcional del nombramiento.
Del precedente histórico a la transformación real
La designación de Fátima Ezzahra El Mansouri supone una ruptura con el pasado político de Marruecos y abre un horizonte de posibilidades para las mujeres en el espacio público. Que una mujer llegue a la cúspide del poder es un avance en términos de representación, pero su capacidad para modificar las estructuras de desigualdad dependerá de las decisiones que adopte el nuevo Ejecutivo.
En definitiva, el cambio no se medirá solo por el hecho de que una mujer ocupe por primera vez la jefatura del gobierno, sino por las consecuencias de su gestión para el conjunto de la sociedad marroquí.[1][2][3][4][5][6]