El Gobierno de Acuerdo Nacional mantuvo las últimas semanas la mirada puesta en la guerra contra Khalifa Haftar y su Ejército Nacional Libio en retirada. Con el decisivo apoyo militar turco, las fuerzas de Trípoli quedaron a las puertas de Sirte. Frente a la inminente ofensiva, el presidente egipcio al-Sisi, aliado de Haftar, estableció allí una línea roja advirtiendo su intervención en caso de avance.
Las potencias involucradas, principalmente EEUU, Turquía y Egipto, buscaron llevar a la mesa de negociaciones el aparente equilibrio de fuerzas. En este sentido, el 21 de agosto, Saleh, líder de la Cámara de Representantes en Tobruk, y el presidente del Consejo Presidencial al-Sarraj llamaron a un alto al fuego. Este último declaró la necesidad de desmilitarizar Sirte y la base aérea de al-Jufra, en poder de la compañía militar rusa Wagner.
Tras los esfuerzos diplomáticos liderados por Alemania y EEUU se alcanzó la firma de un nuevo acuerdo de cese al fuego, pese a las diferencias existentes entre Trípoli y Tobruk. Las discusiones se centran en las condiciones políticas que viabilicen una tregua sostenible y el retorno a las conversaciones políticas en dirección con los lineamientos de la Conferencia de Berlín de enero.
Otro de los puntos en negociación es el reanudamiento de la producción de petróleo, el cual 6 desde enero se derrumbó de 1,2 millones de barriles diarios a aproximadamente 100.000, implicando pérdidas cercanas a los 8.000 millones USD.
En el marco de una desesperante situación humanitaria y económica, cientos de manifestantes se reunieron el domingo 23 de agosto en Trípoli y Misurata, en protesta contra el deterioro de las condiciones de vida, la división política y la corrupción. Entre las demandas incluyeron llamados a elecciones, la provisión de servicios básicos y la salida de mercenarios del país.