El pasado 11 de abril la República Islámica acusó a Israel de haber provocado el apagón ocurrido en la planta nuclear de Natanz, calificando el hecho como un acto de “terrorismo nuclear”. Este complejo consta de una planta de unos 100000 metros cuadrados construida a ocho metros bajo tierra, con el propósito de evitar posibles ataques. La relevancia estratégica de Natanz radica en que es la mayor instalación de enriquecimiento de uranio en Irán. La misma está monitoreada por inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica, organismo de control nuclear de la ONU.
De acuerdo a autoridades iraníes, el ataque habría sido perpetrado por Israel como un intento de detener las negociaciones entre Washington y Teherán, tras las intenciones de retornar al Acuerdo Nuclear manifestadas por el presidente norteamericano Biden. Si bien el incidente no causó pérdidas de vidas humanas ni daños al medioambiente, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores Saeed Khatibzadeh afirmó que se trata de un “crimen de lesa humanidad” y el Ministro de Relaciones Exteriores Javad Zarif agregó “vamos a vengarnos de los sionistas”.
La lectura realizada por los funcionarios iraníes no resulta tan descabellada. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, quien se reunió el 10 de abril con el secretario de Defensa de Estados Unidos Lloyd Austin, prometió hacer todo lo posible para detener el acuerdo nuclear, el cual desde 3 su perspectiva ha sido violado por Irán en numerosas ocasiones.
Estos hechos podrían endurecer la postura iraní frente a las negociaciones con las potencias. Pese a las intenciones esbozadas por Biden de retornar al pacto, ambas partes consideran que la otra debería dar el primer paso. Esto nos lleva a concluir que más allá del elemento discursivo, se deberán demostrar sólidas señales de confianza si verdaderamente se quiere cambiar el rumbo de la relación bilateral.