El pasado lunes, un ataque aéreo ruso en la provincia de Idlib provocó la muerte de docenas de combatientes de la oposición siria. Se trató de un ataque orquestado por fuerzas rusas contra Failaq al-Sham, uno de los mayores grupos respaldados por Turquía en el área.
La agresión tuvo lugar en el campamento militar de Jabal Duwayli, en el último enclave rebelde, el cual se caracteriza por ser uno de los campos de entrenamiento militar más importante de Ankara en la zona. Desde Turquía, el presidente Erdogan condenó tajantemente la actuación de Rusia y amenazó con llevar adelante una nueva operación militar en el norte de Siria si los grupos armados kurdos no son eliminados de las áreas a lo largo de su frontera, tal como había sido prometido. A su vez aseguró que la agresión es una clara señal de que no se desea una paz duradera en la región por lo que tiene razones legítimas para intervenir en el terreno.
En marzo de este año, tanto Rusia como Turquía llegaron a un acuerdo en el que se comprometían a mantener el alto al fuego en dicha área. Sin embargo, tras estos últimos acontecimientos y las 2 posiciones de ambos mandatarios, el recrudecimiento de las relaciones hace posible pensar en una gran escalada de violencia convirtiéndose así en un punto de quiebre en este conflicto.
Si bien dicho acuerdo se ha mantenido de una manera u otra, cabe aclarar que las negociaciones sobre el futuro de la provincia han estado congeladas e incluso Turquía ha reforzado sus puestos militares a lo largo del corredor por lo que la escalada de violencia era de esperarse. Lamentablemente, quienes continúan siendo víctimas de esta tensión, son los millones de ciudadanos de Idlib, la mayoría de los cuales han sido desplazados y siguen sufriendo la crueldad de la guerra civil que hace más de nueve años ataca al país.