Mientras la guerra ruso-ucraniana transcurre, las consecuencias esperadas sobre Túnez, como la escasez de cereales y de combustibles, se están cumpliendo. El país carga con una situación política delicada, tras el referéndum que le permitió a Saied ampliar sus poderes, pero comparte la escena con la inestabilidad económica, que azota a su población desde hace años, mucho antes de la conocida “Primavera Árabe”. Sin dudas, la crisis alimentaria y la turbulencia energética son sus principales preocupaciones, a las cuales se le suma la importante falta de agua en las zonas rurales.
La economía tunecina, que ya contaba con debilidades subyacentes antes y después de los fenómenos de 2011, empeoró con la pandemia desatada por la COVID-19, y los servicios básicos deficientes. Con el actual conflicto bélico, Túnez ya no cuenta con los dos principales proveedores, Rusia y Ucrania, que le permitían importar alrededor del 54% de su trigo. Se espera una desaceleración del crecimiento, la suba de los precios en energía y alimentos, inflación, déficit, deuda fiscal y externa.
Asimismo, la crisis de agua es un hecho en las zonas donde se sitúan las actividades agrícolas y ganaderas, afectando principalmente a la población rural, quienes sufren los constantes cortes del servicio, y el agua de los pozos cercanos no es apta. Las asociaciones de agua, que aseguraban el suministro del recurso en zonas vulnerables, ya no existen por las diversas crisis.
Un faro de esperanza para Túnez es el nuevo acuerdo de envío de granos desde Ucrania y Rusia, a través del Mar Negro, mediado por la ONU y el presidente turco, Erdogan. Esta acción puede dar un alivio a los ciudadanos tunecinos, pero no resuelve los problemas estructurales por los que pasa el país.