IREMAI· GEMO
REPORTE
FRAME 01/14 · 6 de marzo de 2026

Golpe al corazón del régimen: Irán entre la guerra y la sucesión

El sábado 28 de febrero Estados Unidos (EEUU) e Israel lanzaron la operación “Furia Épica” y “Rugido del León” contra la República Islámica de Irán. Los ataques han sido considerados como el mayor despliegue militar estadounidense en la región de Medio Oriente

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6 de marzo de 2026 20 min Medio Oriente 4.368 palabras
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El sábado 28 de febrero Estados Unidos (EEUU) e Israel lanzaron la operación “Furia Épica” y “Rugido del León” contra la República Islámica de Irán. Los ataques han sido considerados como el mayor despliegue militar estadounidense en la región de Medio Oriente desde la invasión de Irak, en el año 2003. La ofensiva consistió en ataques aéreos contra objetivos militares y gubernamentales iraníes, atacando los sistemas de defensa aérea y centros de mando de Irán, así como la sede del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (CGRI).

Los objetivos principales de esta ofensiva, según Donald Trump, eran destruir las capacidades de misiles balísticos de Irán y su programa nuclear, para imposibilitar que obtenga el arma nuclear. Además, aniquilar su marina y cortar el apoyo iraní a grupos armados que operan en la región, tales como Hezbollah o Hamás. Sin embargo, debe considerarse que las instalaciones nucleares iraníes ya habían sido atacadas el 13 de junio del año pasado, y gravemente afectadas, en lo que fue el enfrentamiento de 12 días entre Irán e Israel, también con intervención norteamericana. Por lo tanto, se puede afirmar que el objetivo estratégico más importante esta vez fue el propio Líder Supremo, Ali Khamenei. De hecho, como consecuencia del ataque, fue asesinado ese mismo día, junto con el jefe de gabinete, el ministro de Defensa y el comandante del CGRI, entre otros funcionarios.

Las negociaciones en Ginebra

Los ataques se dieron tras el colapso de las negociaciones en Ginebra que, si bien para el 26 de febrero –, dos días antes de la ofensiva– habría registrado “avances significativos” –en palabras del ministro de asuntos exteriores omaní y del propio Trump–, finalmente no llegaron a ningún puerto. Tal y como ocurrió en la antesala de la guerra de los 12 días, en junio del año pasado, Omán fue el mediador entre EEUU e Irán, así como el hogar de la primera ronda de negociaciones a principios de febrero.

Desde un comienzo, se estipuló que el acuerdo tuviera una vigencia ad eternum; es decir, que no tuviera fecha de expiración y, por tanto, de posible renegociación. Si bien pareció ser una condición a la que accedería la contraparte iraní, el ministro de relaciones exteriores reclamó su legítimo derecho al enriquecimiento de uranio con fines civiles, en tanto signatario del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP). Por su parte, el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, declaró que Irán no tenía intenciones de desarrollar un arma nuclear.

La comitiva estadounidense, liderada por Jared Kushner y Steve Witkoff, exigió el abandono completo del programa nuclear iraní, sobre la base de que en su forma actual –e incluso bajo el acuerdo que había alcanzado la administración Obama– no era exclusivamente civil. A estos desacuerdos se sumaron las insistencias estadounidenses de incluir dentro de las negociaciones el programa de misiles balísticos, algo que fue siempre inaceptable para Teherán. En primer lugar, renunciar a su programa nuclear va más allá de una decisión política, se trata de una humillación nacional que ataca directo a su identidad como país. En segundo lugar, mientras que la inclusión de este punto es una garantía para la seguridad israelí y de la región; para Irán implicaría entregar la supervivencia del régimen a la voluntad israelí y estadounidense, en la medida en que este programa es la base de su capacidad de disuasión militar. Sobre esto último, y tan sólo mirando lo sucedido el año pasado, los misiles balísticos son la herramienta más efectiva con que Irán cuenta para contrarrestar –parcialmente– la superioridad de la fuerza aérea israelí.

Una semana antes de las negociaciones en Ginebra, Trump había otorgado un plazo de dos semanas para alcanzar un acuerdo. Pese a las presiones por parte de Washington, el ministro de asuntos exteriores omaní destacó una “apertura sin precedentes a ideas y soluciones creativas” y, sumado a ello, estaba prevista la celebración de una tercera ronda de negociaciones. Esta vez se llevarían a cabo en Viena, Austria, con el objetivo de continuar las discusiones de índole técnica.

7-O: punto de inflexión en el escenario regional

Ahora bien, las negociaciones de Ginebra no responden a un interrogante clave a la hora de analizar este conflicto: ¿por qué ahora? Para responder a esta pregunta, es necesario retroceder en el tiempo y comprender las dinámicas geopolíticas que precedieron –y permiten explicar– esta ofensiva.

Un primer punto se refiere al deterioro del sistema de alianzas y patrocinios que sostenía el gobierno iraní en los últimos años. Tras los ataques del 7 de octubre de 2023, Hamas quedó, prácticamente, diezmada como consecuencia de la respuesta israelí. Hezbollah, que había lanzado misiles y drones a lo largo de la frontera israelí-libanesa con motivo de estos mismos ataques, también se vio significativamente afectada por contraataques israelíes. En septiembre de 2024, en una clara demostración del nivel de inteligencia militar que posee Tel Aviv –aunque no se lo haya atribuido explícitamente–, Israel llevó adelante bombardeos coordinados contra miembros de Hezbollah a través de la denotación de sus beepers. Ese mismo mes, también asesinó con un ataque aéreo al líder del grupo, Hassan Nasrallah. Como si el desarme de sus dos brazos armados más fuertes en la región no fuera suficiente, se sumó la caída del gobierno de Bashar Al-Assad en Siria en diciembre de 2024 y la llegada al poder de un nuevo gobierno que ha dejado manifiesta sus intenciones de acercarse a Washington. Por otro lado, los hutíes también se erigen como un apoyo significativo al régimen iraní. Sin embargo, pese a que los mismos lanzaron misiles contra Israel en la guerra de los 12 días, hasta el momento sólo han emitido un comunicado en apoyo de Irán, y advirtiendo sobre el riesgo de la seguridad regional luego de los ataques.

Con este escenario es que Irán llegó a la Guerra de los 12 Días contra Israel y EEUU. Con motivo de este ataque, se vieron seriamente afectadas tres instalaciones nucleares claves: Natanz, Fordow e Isfahán. A raíz de la guerra, Trump había publicado en su plataforma Truth Social que “¡LOS SITIOS NUCLEARES EN IRÁN ESTÁN COMPLETAMENTE DESTRUIDOS! (…) Hemos lanzado 14 bombas sobre las instalaciones nucleares claves de Irán, totalmente, como dije originalmente, obliterándolas” (publicación del 25 de junio de 2025). El golpe fue duro, y atacó no sólo infraestructura, sino también parte del cerebro del programa nuclear. Científicos iraníes que habían dedicado años de su vida al desarrollo del mismo, fueron blanco de atentados con coches bomba por parte de Israel. Si bien el programa nuclear no fue destruido por completo, los ataques fueron disruptivos y estaba previsto que la recomposición total no sería posible por lo menos en el corto plazo.

Claramente debilitado en términos militares, a finales de diciembre del año pasado, Irán enfrentaba una serie de protestas nacionales producto de la devaluación del rial iraní en un casi 50%. Aunque, al igual que esta guerra, los estallidos sociales –que se extendieron en el mes de enero– no pueden explicarse únicamente por esta medida económica. En realidad, el contexto doméstico iraní no era mejor que el externo, con una crisis económica cada vez más pesada, producto de las sanciones internacionales impuestas por el programa nuclear, una inflación galopante y una crisis hídrica y energética. Las protestas –que fueron brutalmente reprimidas por el régimen– llamaron la atención del mandatario estadounidense, quien alentaba desde la Casa Blanca a los manifestantes iraníes a “tomar el control” de las instituciones, al tiempo que afirmaba que la “ayuda está en camino”. A confesión de parte, las amenazas de un posible ataque conjunto estadounidense-israelí estaban sobre la mesa desde hace rato, pero latentes desde enero.

El nuevo capítulo que se inauguró entre EEUU, Israel e Irán el sábado 28 de febrero también estuvo cargado de simbología. Por empezar, el mundo árabe e islámico recién está iniciando el mes de Ramadán –que comenzó entre el 18 y el 19 de febrero–: es el noveno y más sagrado mes del calendario islámico. Se trata de un tiempo que llama a la reflexión, la oración, generosidad y unión familiar para los musulmanes. En segunda instancia, entre el 2 y 3 de marzo también se celebró Purim, una festividad judía que conmemora la liberación del pueblo judío en el antiguo Impero Persa de un decreto de exterminio ideado por los persas. Por último, tampoco pareciera ser casualidad que la operación israelí recibiera el nombre de “Rugido del León”, animal que formaba parte del emblema de la antigua monarquía Pahlavi.

En suma, esta ofensiva no puede interpretarse como un hecho aislado, sino como resultado de una oportunidad estratégica producto del debilitamiento de Irán en múltiples frentes. La erosión de su red de aliados regionales, el deterioro de sus capacidades militares y la creciente deslegitimidad del régimen configuraron el escenario ideal para la acción. Para Netanyahu, se trataba del momento indicado para arremeter contra el régimen iraní, y desde la asunción de Trump, lo ha intentado persuadir para la coordinación de una ofensiva estratégica conjunta.

La contraofensiva iraní: “True Promise IV”

A raíz de la ofensiva conjunta estadounidense-israelí, el mismo 28 de febrero Irán lanzó una represalia destinada, inicialmente, a las bases militares norteamericanas en los países del Golfo. Así, las sirenas de emergencia sonaron en Qatar, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Kuwait, Bahréin y Arabia Saudita, ya que Teherán lanzó ataques simultáneos, en menos de una hora, contra las instalaciones en los cinco países. Todas han sufrido daños significativos producto de la contraofensiva con misiles, entre las que se destacan la base de Al-Udeid en Qatar, la de Al-Salem en Kuwait, la de Al-Dhafra en EAU y, además, la V Flota de los EEUU con sede en Manama, Bahréin. En el caso de Arabia Saudita, los misiles alcanzaron la base aérea Príncipe Sultán, ya que contaba con la presencia de más de 2.000 soldados estadounidenses –pese a no ser una base de Washington en la nación–. Además, Irán dirigió ataques a objetivos norteamericanos en Irak y en Jordania, como fue el caso de la base de Erbil en Irak, que sufrió un ataque con drones. Por su parte, Omán no fue blanco de la contraofensiva iraní debido a dos motivos: en primer lugar, no cuenta con bases de EEUU en su territorio; en segundo lugar, la nación era la mediadora entre Washington y Teherán e, incluso, a días del conflicto, sigue abogando por una salida diplomática y negociada al mismo.

Ahora bien, es de suma importancia resaltar que la represalia iraní no apuntó a objetivos civiles; más bien, se ciñó a atacar las principales instalaciones pertenecientes a EEUU o que, de alguna manera, afectaban sus intereses en la región. El objetivo fue cegar los sistemas de defensa de EEUU y sus instalaciones en el Golfo, para luego proceder a un ataque de mayor intensidad contra Israel. Irán también atacó puntos claves en EAU, como los hoteles Dubai International y Fairmont The Palm, donde se hospedan los marines norteamericanos que luego se dirigen a sus respectivas bases.

La represalia también alcanzó a diversos puertos en la región. En el caso de Omán, se registró un único ataque contra el puerto de Duqm, ya que las naves de la V Flota se estacionan y cargan combustible en el mismo. El puerto de Jebel Alí en EAU corrió una suerte similar, ya que acoge portaaviones y buques estadounidenses. Por otro lado, la Embajada de EEUU en Arabia Saudita fue blanco de ataques, y la Casa Blanca prometió una respuesta frente a dicha ofensiva. Además, la Embajada en Irak también se vio envuelta en manifestaciones, ataques y daños físicos al local de misión diplomática, aunque en este caso por parte de manifestantes chiítas iraquíes.

La refinería de petróleo de Ras Tanura –una de las plantas más grandes de Saudi Aramco– en Arabia Saudita sufrió considerables daños a partir de la caída de restos de drones interceptados, con medios saudíes reportando que la misma fue cerrada temporalmente como forma de precaución. También se registró el incendio y ataque de Fujairah, una plataforma petrolera y puerto emiratí ubicada en el Golfo de Omán, por fuera del estrecho de Ormuz. Frente a la ofensiva que se presume iraní, los países del Golfo han procedido a interceptar misiles que tenían el potencial de impactar en su territorio, y se han reservado el derecho a responder a los ataques. Sin embargo, Arabia Saudita advirtió a sus naciones hermanas de no involucrarse en un conflicto que no les pertenece y de no caer en los intentos de terceros actores de arrastrarlos al mismo.

No puede soslayarse, además, la represalia contra Israel. Pese a los intentos del “Domo de Hierro” –el sistema de defensa aérea israelí– de interceptar los misiles iraníes, las sirenas antiaéreas sonaron en Jerusalén y en Tel Aviv, con misiles impactando en dichas ciudades y causando daños significativos. Los mismos lograron burlar el sistema israelí ya que saturaron las defensas de Tel Aviv a partir de la gran cantidad de misiles lanzados y, además, el Domo de Hierro sufrió daños significativos durante la guerra de los 12 días, socavando su capacidad de interceptar los ataques. Irán también lanzó una ofensiva contra el puerto de Haifa y la planta desalinizadora de Sorek, conocida como la planta más grande del mundo y que se erige como el principal pilar de agua en Israel.

El mercado energético global en riesgo

Una de las respuestas de Irán más temidas por la comunidad internacional era el bloqueo del Estrecho de Ormuz, por el que fluye alrededor del 20% de la producción mundial de petróleo y gas natural licuado (GNL). Además, se trata de la única vía marítima para transportar crudo desde el Golfo Pérsico al resto del mundo. Irán controla su lado norte. Esa influencia geográfica sobre el transporte marítimo mundial le otorgó a Irán la capacidad para provocar un shock en los mercados petroleros en cuestión de horas. Efectivamente, esto es lo que sucedió. Luego de los ataques, el asesor principal del comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria, Ebrahim Jabari, anunció su cierre. Asimismo, advirtió que si cualquier barco intentaba atravesarlo, la Guardia Revolucionaria y la armada iraní abrirían fuego contra ellos.

Ya previamente al bloqueo, el precio del crudo se disparó el pasado lunes 2 de marzo producto de las disrupciones previstas en el mercado global del petróleo. También el gas natural subió un 40% ese mismo día. Según algunos analistas, las consecuencias más graves recaerán sobre el sur de Asia, donde se encuentran los principales importadores –y, por supuesto, sobre las monarquías exportadoras del Golfo, tales como Arabia Saudita, EAU y Kuwait–. Sin embargo, en menor medida, también sobre Europa, por la subida de los precios y los problemas en las cadenas de suministro. Si bien también se espera que China sufra los efectos del cierre de Ormuz –ya que es el principal importador de crudo del mundo, en especial del petróleo del Golfo–, Irán ha anunciado que los buques chinos y rusos podrán pasar por el estrecho. Además, pueden recurrir al petróleo de Rusia como al de los países de Asia central –entre ellos, Kazajistán y Turkmenistán–.

Por su parte, EEUU es, quizás, uno de los principales ganadores frente al cierre del estrecho: con la intervención en Venezuela, en enero del presente año, Washington se aseguró el control de las reservas de petróleo más grandes del mundo –superando, incluso, las de Arabia Saudita e Irán–. Así, el cierre del Ormuz no afecta a la Casa Blanca, lo que permite explicar, también y en parte, la decisión de llevar adelante la ofensiva conjunta.

Ahora bien, resulta pertinente aclarar que incluso para el propio Irán el bloqueo del Estrecho de Ormuz resultará perjudicial, ya que el gigante persa es también uno de los principales exportadores. Sumado a ello, un dato clave es que Irán no cuenta con una matriz productiva muy diversificada, siendo el petróleo crudo y sus derivados los principales productos que exporta –éstos representan aproximadamente el 82% de sus exportaciones–.

El accionar iraní generó también otros efectos que impactan en el comercio mundial. En primer lugar, las aseguradoras marítimas cancelaron la cobertura a varias navieras por riesgo de guerra, lo que paralizó la navegación incluso por pasos cercanos. En segundo lugar, este complejo escenario regional obligó a las petroleras a redirigir sus cargamentos por otras rutas, más largas y con costos adicionales que presionan a las empresas. El principal canal viable, pero mucho más largo, es el oleoducto saudí Este-Oeste, con capacidad para cinco millones de barriles diarios. La infraestructura conecta el centro de procesamiento de Abqaiq, en el Golfo, con el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo. Este paso le permite a Arabia Saudita exportar a través del Canal de Suez, hacia el Mediterráneo o el estrecho de Bab Al-Mandeb, cerca de Yemen. La segunda alternativa es el oleoducto Habshan–Fujairah, en EAU, con una capacidad de 1,8 barriles diarios hacia el Golfo omaní. Sin embargo, esta vía ya opera como una ruta habitual para evitar costos adicionales derivados de Ormuz. Por lo tanto, apenas cuenta con un margen mayor.

Algunas compañías saudíes importantes, como Saudi Aramco, ya escogieron la primera ruta alternativa mencionada. Sin embargo, para aquellas que no cuentan con varios puertos u oleoductos extensos, se barajó la posibilidad de bordear el continente africano, pasando por el puerto de Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica. Esta es la vía más larga y costosa.

La apuesta kurda

En paralelo a las tensiones interestatales, diversos medios internacionales han advertido sobre la posibilidad del lanzamiento de una ofensiva kurda en el terreno respaldada por el Mossad y la CIA.

En este marco, seis días antes de los ataques del 28 de febrero se formó la Coalición de Fuerzas Políticas del Kurdistán Iraní, una alianza opositora al régimen de los ayatolas. En las últimas semanas, las facciones kurdas trasladaron cientos de sus miembros del lado iraquí –donde se encuentran asentados– al lado iraní. El objetivo de este despliegue no sería necesariamente la conquista territorial, sino la generación de presión militar sobre el régimen y la creación de un momentum político que incentive movilizaciones internas más amplias contra el gobierno.

Sin embargo, resulta prudente hacer una serie de salvedades al respecto de esta posibilidad. Por un lado, tanto el presidente Trump como el secretario de Estado Marco Rubio han declarado públicamente que no tienen previsto apoyar una ofensiva kurda contra el régimen; e, incluso, oficiales estadounidenses afirmaron que quienes empujarían con más fuerza este plan son los sectores del establishment israelí. Por otro lado, si bien se registraron contactos entre líderes kurdos y representantes estadounidenses, las propias organizaciones kurdas habrían manifestado importantes reservas respecto de abrir un frente militar contra Teherán, señalando la asimetría de capacidades frente al aparato estatal iraní.

A ello se suma la experiencia reciente de los kurdos en Siria, donde el repliegue del apoyo estadounidense dejó a las milicias kurdas expuestas frente a presiones regionales. En este sentido, distintos dirigentes kurdos habrían condicionado cualquier acción armada a la obtención de garantías políticas y estratégicas que eviten un eventual abandono por parte de sus aliados internacionales.

En definitiva, el eventual frente kurdo no busca ser una fuerza de conquista sino la llama que podría –o no– extenderse. La lógica, pareciera ser, la de la atomización: encender un foco de presión que obligue al régimen a dispersar recursos y enviar una señal al resto de la sociedad iraní para levantarse contra el régimen. Irán es un Estado multiétnico donde las minorías –azeríes, kurdos, baluchis, árabes– suman cerca del 40% de la población, convirtiéndose en este escenario en una vulnerabilidad estratégica del régimen.

Encrucijada en Irán: ¿reconfiguración o continuidad del régimen?

Con el asesinato de Khamenei, el gobierno estableció un luto de cuarenta días y se puso en marcha, en función de la activación del artículo 111 de la constitución iraní, un consejo de conducción transitoria –compuesto por el presidente iraní Pezeshkian, el ayatolá Arafi y el jefe del poder judicial Mohseini-Ejei– para administrar el Estado. Mientras tanto, la Asamblea de Expertos, un cuerpo compuesto por 88 clérigos de alto rango, debe deliberar sobre la elección del próximo Líder Supremo.

Uno de los nombres que más resuena es el de Mojtaba Khamenei, segundo hijo de Alí Khamenei. Pese a que concentra el poder económico y es el candidato que cuenta con el apoyo de la Guardia Revolucionaria (es decir, del poder militar), uno de los principales obstáculos para su elección radica en su rango: Mojtaba no es un ayatolá, sino más bien un hoyatoleslam, una jerarquía inmediatamente inferior a la de los ayatolás. Esto no es bien visto por los clérigos de la Asamblea, quienes abogan por la elección de un Líder Supremo que también sea un ayatolá. A diferencia de su padre, Mojtaba no cuenta, entonces, con el tercer pilar del poder iraní: el religioso. De todas maneras, la Guardia Revolucionaria está presionando a la Asamblea para que emita su decisión y puja por Mojtaba aunque su elección vaya en contra de uno de los mandatos originales de la revolución: el de terminar con los mandatos hereditarios.

Por ahora, el régimen –fuera por la ausencia de las movilizaciones populares que estaba esperando Trump o bien por los mecanismos institucionales que garantizan su continuidad– sobrevive. Esto no implica, sin embargo, que no haya quienes quieran ver el fin de los ayatolás, siendo uno de sus máximos exponentes el hijo del antiguo Sha iraní: Mohammed Reza Pahleví.

Pahleví, que actualmente reside en Washington y lleva más de cuatro décadas fuera de Irán, ha realizado llamamientos al pueblo iraní en múltiples medios de comunicación; incluso, ha llegado a instar a las fuerzas armadas y policiales a levantarse contra el régimen. Asimismo, publicó una versión actualizada de su “Manual de la Fase de Emergencia del Proyecto de Prosperidad para Irán” que contempla un plan de gobierno para los seis meses posteriores a la eventual caída del régimen.

Más allá de las resistencias que podría encontrar en el propio Irán –no sólo por cuasi-extranjero pero más bien por la historia sangrienta que arrastra su apellido–, tampoco ha recibido respaldos explícitos por parte del presidente estadounidense. En conferencia de prensa, Trump ha manifestado dudas respecto de la recepción que recibiría Pahleví, al tiempo que expresó –de alguna manera concordante con la posición que mostró en el caso venezolano– que tal vez sería mejor que alguien desde “dentro de Irán” asuma el liderazgo del país.

Consideraciones finales

El ataque lanzado conjuntamente por EEUU e Israel ha adquirido magnitudes nunca antes vistas. No sólo constituye el mayor despliegue militar estadounidense en la región desde el año 2003, sino que marca un hito al ser la primera vez que Israel asesina a un líder político de otro Estado –llevándose, incluso, los laureles de tal triunfo–. Sin embargo, la represalia iraní también alcanzó proporciones inimaginables: desde el ataque a las bases y puntos estratégicos de Washington en el Golfo, hasta golpear infraestructura claves en Israel –y que el Domo de Hierro no cumpla su tradicional función de interceptar misiles y drones debido a los daños infligidos al mismo–.

Frente a un escenario tan incierto, la única seguridad que queda es la del intento de reconfiguración de la región de Medio Oriente. Un cambio de régimen en Irán –como busca Trump– o la destrucción del país –como busca Netanyahu– afectarían gravemente las dinámicas regionales actuales, con la posibilidad de que Israel logre extender su influencia y proyecto a lo largo de todo el territorio de Asia occidental. Por otro lado, las transformaciones políticas internas también alcanzarían a los países del Golfo. En primer lugar, el efecto rebote de los ataques demuestra que EEUU ya no ejerce su tradicional rol de garante de la seguridad de estos países, una sospecha que ya existía desde hace varios años –al menos desde Arabia Saudita– y que, con la ofensiva, demostró ser cierta. Washington privilegió la defensa de su tradicional socio en Medio Oriente, Israel, en detrimento de las petro-monarquías del Golfo, asestando un duro golpe a la realidad de los países del Consejo de Cooperación del Golfo. Otro punto a destacar es la destrucción de la ilusión y los proyectos árabes, que aspiraban a una mayor estabilidad regional y nacional para atraer inversiones y financiamiento externo y promover un estilo de vida lujoso y seguro. De hecho, si había alguien además de Irán que no deseaba el estallido de esta guerra, eran justamente las monarquías del Golfo.

Finalmente, el mundo parece encontrar en Donald Trump vestigios de la figura de George W. Bush y la intervención militar en Irak del 2003. Argumentos similares han sido esbozados por el actual mandatario estadounidense, entre ellos, que Irán es un régimen terrorista y que patrocina el terrorismo; que bajo ningún término Irán podría acceder a un arma nuclear –con Netanyahu alegando que estaba muy cerca de obtenerla–; y, por último, la excusa del cambio de régimen y el llamamiento a la población iraní a que encabece una nueva revolución. Al igual que Irak, Irán no había lanzado ataques contra objetivos estadounidenses ni israelíes, pero, de igual manera, se lanzó un ataque preemptivo, buscando evitar una hipotética ofensiva iraní. Nuevamente, al igual que Irak, Irán no estaba ni cerca de obtener una arma nuclear, de acuerdo con las declaraciones del director general de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi. La diferencia con el caso iraquí, y que parecería anunciar que Trump aprendió al menos uno de los errores de Bush hijo, es que se coloca a la sociedad iraní como motor de cambio de régimen, en vez de posicionarse EEUU como el principal promotor del mismo.

Sin embargo, lo que quedó demostrado a partir de la ofensiva es que lograr un cambio de régimen en Irán es, sin duda, más complejo que simplemente decapitarlo –aunque no por eso la muerte de Khamenei sea menos grave–. Tanto en la constitución nacional como en los diversos mecanismos institucionales iraníes se contemplan una serie de medidas a seguir –a modo de plan de contingencia frente a la destitución o desaparición repentina del Líder Supremo– para garantizar la continuidad del régimen. Resta por ver si éste burlará los planes israelíes y estadounidenses, o si finalmente sucumbirá a los mismos, dando paso a una reconfiguración total de la región.

POR CAMILA CRESTA, MARÍA SABINA ROSSI, LUCILA SAPP Y VALENTINA TORTORELLA

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