Las explosiones de agosto de 2020 en el puerto de Beirut engendraron en el Líbano una crisis política que aún no cesa. Desde entonces, los partidos políticos no han logrado llegar a un acuerdo para formar gobierno. Sumado a la crisis orgánica que enfrenta el país la situación es extremadamente delicada. Miles de cristianos frustrados por la situación han decidido abandonar la nación de Medio Oriente donde eran una presencia significativa.
El vacío de liderazgo político ha dejado al país incapaz de abordar sus problemas. Bajo estas condiciones, los libaneses están abandonando el país en masa. Producto de la inestabilidad política y económica, más de 380 mil libaneses, en su mayoría cristianos afectados por la pobreza, han solicitado visas para emigrar a Occidente.
El secretario de las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, el arzobispo Paul Richard Gallagher, se mostró preocupado por la situación y expresó que “la comunidad cristiana se está debilitando, se corre el riesgo de destruir el equilibrio interno y la realidad libanesa, poniendo en peligro la presencia cristiana en Medio Oriente”. Paralelamente, fue uno de los principales organizadores de la reunión con el Papa Francisco llevada a cabo el 1 de julio con el responsable de las diez iglesias cristianas del Líbano, en donde se buscó reforzar la colaboración entre ellas para afrontar este momento turbulento.
Cabe destacar que, a contracorriente de la región, el Líbano fue capaz de unificar bajo una misma consonancia a todas las comunidades y confesiones del país para que la diversidad sea su punto
8 fuerte y no una fuente de fragmentación. Sin embargo, está en el ojo del huracán. Si esta crisis persiste, se enfrenta a la posibilidad de perder ese equilibrio y diversidad religiosa que lo caracteriza.