La región del MENA vive una doble emergencia alimentaria que no solo revela condiciones humanitarias extremas, sino también cambios estructurales en las políticas de abastecimiento gubernamental. En Gaza, desde marzo de 2025 el cese completo de ayuda humanitaria provocó que los precios de alimentos básicos subieran hasta un 1.400 %. Para abril, los comedores gestionados por el WFP (World Food Programme) quedaron sin reservas esenciales. En mayo y junio, se reportaron más de 66.000 niños con desnutrición aguda y 2.700 menores de cinco años en estado crítico, triplicando las cifras de hace solo tres meses.
Simultáneamente, en Egipto, las compras locales de trigo cerraron en 3,9 millones de toneladas a fines de junio, por debajo de la meta, lo que llevó al cierre de centros de acopio y a una creciente dependencia de reservas estratégicas. A pesar de esto, el gobierno asegura contar con abastecimientos para más de seis meses.
De forma inédita, en el mes de junio El Cairo contrató 180.000 toneladas de trigo francés a través de Mostakbal Misr, una señal de diversificación frente a los tradicionales proveedores del Mar Negro. Aunque el acuerdo sufrió demoras, representa una novedad en la política de importaciones del país.
Ambos casos revelan un patrón común: la fragilidad alimentaria emerge tanto por bloqueos y carencias críticas (Gaza) como por ajustes en estrategias agroalimentarias nacionales (Egipto). Mientras Gaza vive una crisis humanitaria sin precedentes, Egipto ajusta su modelo de abastecimiento y se aleja de proveedores tradicionales.
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