La coyuntura actual exige a los países del Golfo decisiones certeras y rápidas para salir de la crisis. La caída de los precios del petróleo da cuenta de menores márgenes fiscales y un coto al crecimiento económico, que a su vez, influye en los planes de diversificación, como la Visión 2030 propuesta por Arabia Saudita. A su vez, el COVID-19 presenta un obstáculo adicional para la monarquía saudí: el turismo. Una variable que quizá fue puesta en segundo plano hasta nuestros días, pero que representa, sin duda, una de las herramientas más importantes de soft power para Riad.
El reino, que había comenzado a emitir visas de turismo desde 2019, en línea con la “modernización” emprendida por Mohamed Bin Salman, vio en el turismo religioso una fuente importante de ingresos. Éste se vio estancado ante la actual pandemia, teniendo que suspenderse una de las peregrinaciones religiosas más importantes, el Hajj. Hoy, las dos ciudades sagradas del reino, La Meca y Medina, que le otorgan al rey saudí su título real “Custodio de los Santos Lugares”, están en total bloqueo.
Si bien Riad se caracterizó por actuar con rapidez respecto a las medidas sanitarias, éstas van a costar caro, no sólo en términos de ingresos sino como desafío a la gran campaña de relaciones 6 públicas emprendidas por Bin Salman desde 2018, enmarcado en la Visión 2030, que busca dar un nuevo rostro a la monarquía saudí.
Ante este panorama, se han esbozado posibles respuestas. La propuesta del FMI fue una de ellas, en la que los fondos soberanos de inversión tienen un rol protagónico para ayudar al relanzamiento de la economía. Jihad Azour, director de la entidad para Oriente Medio y Asia Central, ha explicado que los países productores de crudo deben encontrar nuevas áreas de crecimiento.
Cabe preguntarnos, entonces ¿Logrará este triple desafío acabar con el proselitismo saudí?
Palabras clave: FMI, Turismo, Hajj, Coronavirus