El pasado 05 de mayo, Jassem al-Falahi, miembro del equipo de la Célula de Crisis del Gobierno y subsecretario del Ministerio de Salud en Irak afirmó entre otras cuestiones que la situación epidemiológica es aún muy peligrosa y no está del todo bajo control. Además, agregó que ‘’es prematuro que cualquier país anuncie que está en el comienzo de su victoria, ya que es un virus de infección fuerte y efectivo’’.
Hay que tener en cuenta que Irak es un país con profundas crisis y desigualdades que se expanden dentro y fuera del país. Como reacción a las mismas fue que se hicieron de público conocimiento las manifestaciones llevadas a cabo por parte de los iraquíes a lo largo del año 2019 y que aún continúan.
El COVID-19 en Irak es ‘’algo más’’, es decir, no altera el orden de las cosas, sino que tan sólo profundiza la crisis existente. Un ejemplo de esto puede ser que la OMS aconseja el lavado constante de manos para combatir al virus, pero en Irak gran parte de su población aún no puede acceder a un recurso tan básico como lo es el agua potable. Por ende, como resultado, el malestar 6 de la sociedad, aumenta.
Por último, no hay que dejar de lado las cuestiones que giran en torno a la seguridad. Desde que el gobierno iraquí tomó como medida preventiva el toque de queda, aumentaron los ataques terroristas diarios de ISIS. Al mismo tiempo que Jassem al-Falahi daba a conocer que la propagación del COVID-19 estaba lejos de ser controlada, se ejecutaron al menos cuatro ataques en distintos puntos de Irak que dejaron como saldo la muerte de más de una decena de soldados, policías y milicianos progubernamentales. Al parecer el COVID-19 llegó para reforzar la idea de que ‘’no hay luz al final del túnel para Irak’’.
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