Cuando nadie pensó que podía, finalmente lo logró. La noticia del año en el panorama político libanés fue, sin duda, la elección de Michel Aoun el pasado 31 de octubre como presidente de la República. Derrotado en 1990 por las tropas sirias que por entonces estaban estacionadas en el Líbano, fue amnistiado por el gobierno y se le permitió exiliarse en Francia.
En 2005 regresó al Líbano y firmó un acuerdo programático con Hezbolá, que en los ochenta, durante la guerra civil, se había ubicado en sus antípodas. En 2008 estrechó las manos del presidente sirio Bashar Al- Assad y pidió dar vuelta la página de la historia. Sin acordar con estos dos actores, el primero de ellos con poder de veto en la arena política del país, le hubiese resultado imposible avanzar. En 2009 construyó en la Cámara de Diputados el bloque más numeroso: su popularidad en las urnas estaba intacta, más allá de la indignación de sus rivales por su pragmatismo.
Pero, ¿la presidencia? Parecía imposible. Su sociedad con Hezbolá presentaba muchos reparos en los grupos políticos que se le oponían. En Líbano, donde la Jefatura del Estado se entrega a un cristiano católico de rito
maronita, Aoun tenía un rival de peso: Samir Geagea, el otro candidato presidencial, enfrentado a Hezbolá. Aoun jugó sus cartas: Hezbolá nunca lo votaría, ni tampoco sus diputados del Movimiento Patriótico Libre (MPL). El líder de Fuerzas Libanesas aceptó, por tanto, esperar su hipotético turno a la primera magistratura, y a cambio, recibió promesas de importantes carteras en un futuro gobierno. El acuerdo fue únicamente con MPL, el partido de Aoun, y no con Hezbolá. Michel Aoun era ahora el candidato que mayor consenso reunía entre el grupo que debía designar a uno de los suyos para la presidencia de la república.
Faltaban todavía los votos de la otra mitad de la Cámara de Diputados. Saad Hariri abrió el diálogo y recibió garantías: se le ofreció el sueño de un gobierno libanés liderado por Aoun, dueño de la bancada cristiana más importante en la legislatura, en la presidencia, y por él, titular del grupo de diputados musulmanes más numeroso, dirigiendo el gabinete de ministros. La tajada era grande, y el acuerdo, nuevamente, era únicamente con el MPL y no con Hezbolá. Hariri aceptó. Después del fracaso de su gobierno en 2013, recibía ahora una nueva oportunidad. El influyente socialista druso Walid Jumblatt denunció a Aoun y Hariri, hasta que recordó que, en los distritos en los que su partido tiene mayoría, siempre hay un gran número de habitantes cristianos. ¿Qué sucedería si esos electores le dieran ahora la espalda? Acabó adhiriendo, días más tarde, al acuerdo.
Aoun se movió con la astucia de un zorro. Se convirtió en mediador entre Hariri y Geagea en su enfrentamiento con Hezbolá. Consagrado, de este modo, árbitro entre las fuerzas más importantes del país, deberá enfrentar ahora la tragedia siria, la crisis económica y las polémicas elecciones legislativas de 2017.