Arabia Saudí atraviesa uno de los momentos más contradictorios de su historia reciente. El mayor exportador de crudo del mundo intenta rentabilizar la crisis desatada por la guerra de Irán, mientras el conflicto se acerca cada vez más a sus propias instalaciones.
Las cifras reflejan esa paradoja. Según datos de JODI publicados este miércoles, las exportaciones saudíes de crudo subieron en agosto un 7,9 % respecto a julio, hasta 4,451 millones de barriles diarios, su nivel más alto desde marzo. Sin embargo, la producción cayó a un mínimo récord de 6,24 millones, frente a los 8,135 millones de julio. El país sostiene sus ventas gracias a terminales en ambas costas, entre ellas el oleoducto Este-Oeste, para sortear el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz.
El mapa comercial también ha cambiado. Estados Unidos dejó de recibir crudo saudí el mes pasado, cuando antes importaba más de 800.000 barriles diarios, y Venezuela ha ocupado parte de ese hueco.
Riad, en cambio, refuerza su apuesta por Asia. Aramco exige a algunos clientes que compensen en 2027 los volúmenes no adquiridos este año, aunque las interrupciones se debieran a la guerra, y discute si las compras al contado cuentan como cumplimiento de los contratos. Mientras tanto, Adnoc, en Emiratos Árabes Unidos, se muestra más flexible. Las negociaciones, que suelen cerrarse a finales de octubre, avanzan con dificultad.
La seguridad es el flanco más débil. Los hutíes de Yemen han intensificado sus ataques con misiles y drones contra aeropuertos e instalaciones de Aramco, y la sede de la petrolera en Dhahran sufrió un incendio limitado la semana pasada. Con el Brent en torno a los 110 dólares, Riad busca asegurar cuota de mercado, pero su estrategia depende de que la guerra no vuelva a cerrar las rutas que hoy sostienen su recuperación.[1][2]